
En la brisa su nombre perdido, como una grulla de papel que se lanza al olvido, llegó a mí golpeando suavemente mi silencio; arrancándole horas a mi tiempo, para aterrizar en el suspenso de un momento que no deja de pasar. Aunque impronunciable, su nombre, podía ser articulado con la mirada; cerrar los ojos en un parpadeo era perderla por semanas, meses, años; y exponer los ojos a la inercia de ese instante era sentir las pupilas quemarse.
Llegó a mí como aquél poema que a veces se encuentra entre escritos sin letra, sin título, ni autor; con una desgraciada sinceridad disfrazada de mentira, paradójica en si misma, y esperaba que la amara; esperaba que la hiciera mía, como uno puede hacer suyo lo que jamás tuvo dueño, que bonito ensueño, y sin embargo, amarla era amar el letargo.
Pero se quedó en mí, sin permiso, esperando. Y yo me quedé ahí, sin avisos, tan solo, sólo mirando. Buscaba en su contorno de luna el retorno al redondo del sol y en su boca sedienta, parecía poder encontrar, restaurar, mi adicción.
Llegó a mí como aquél poema que a veces se encuentra entre escritos sin letra, sin título, ni autor; con una desgraciada sinceridad disfrazada de mentira, paradójica en si misma, y esperaba que la amara; esperaba que la hiciera mía, como uno puede hacer suyo lo que jamás tuvo dueño, que bonito ensueño, y sin embargo, amarla era amar el letargo.
Pero se quedó en mí, sin permiso, esperando. Y yo me quedé ahí, sin avisos, tan solo, sólo mirando. Buscaba en su contorno de luna el retorno al redondo del sol y en su boca sedienta, parecía poder encontrar, restaurar, mi adicción.
Ella me habló sin palabras precisas y me dijo todo lo que no alcancé a escuchar, pero entendí al ver su sonrisa, que aunque aquél día llegó con la brisa, hoy se irá con el mar.

