miércoles, 29 de octubre de 2008

Sobre una tempestad.


Gira a toda velocidad como una hoja abandonada a los caprichos del viento, inestable, su curso es el de un navío en un mar agitado, bajo un cielo oscuro, adornado con la intensa densidad de la neblina.

Según rumores de algo que no tuve interés en comprobar, existe más tranquilidad durante la tempestad si estas dentro del ojo del huracán; viendo todo volar alrededor, desdibujándose en la noche como los sueños que se borran hasta el último trazo de tiza imaginaria; e imaginé que semejante calma en medio de tal fenómeno natural era una prisión, sin barrotes, de la cual él único obstáculo para escapar era la posibilidad de ser despedazado por la incierta variación de las corrientes de aire; imaginé que el ojo era un vacío de todo, y que mientras el cielo inhalaba el mundo con la fuerza de su huracán, internamente al gran agitador se le escapaba cada segundo de aliento. De pronto ocurría una suspensión del tiempo y una anulación de la gravedad, y mis pies se despegaron de ese suelo que jamás se sintió como tal, y mis manos rozaban durante el ascenso las frías y ardientes caricias de objetos que vi pasar, y pasar, ir y regresar, sin realmente ir a ningún lugar. Advertí al verme tan distante de la tierra lo que estaba a punto de comenzar: en un parpadeo me soltaron las corrientes, me dejaron libre, libre a caer por mi propio peso y en seguida descendía, y mientras caía empezaba a girar; un origami habría tenido mejor suerte, pero no, ya no habían esperanzas de convertirme en papel, entonces perdí mis intentos de flotar, y no pude ya anularme en el vacío ni elevarme por capricho de los vientos. Ahora sólo era víctima de mi equipaje: unas notas y un reloj, pero no hay que subestimar el peso del tiempo cuando anda, ni lo que algunas páginas pueden albergar entre sus líneas; era más que suficiente para acabarme en el impacto y… de pronto, lo más insólito ocurrió: mi navío ya no estaba y luego de abrazarme con sus olas, me arrastró el mar hasta la orilla donde dormí ligeramente, donde soñar no estaba prohibido, donde al despertar dejé mis huellas en la arena y mis silencios allá en el mar. Mi reloj se descompuso, tuve que prescindir de contar las horas, y mis notas aún empapadas, contenían letras ilegibles, que por alguna razón decidí conservar.

He escuchado de huracanes con nombre de mujer, rumor que no me interesa comprobar, pues aunque tuve un viaje inusual, es una experiencia que ni quiero ni puedo bautizar.

martes, 28 de octubre de 2008

Lo de siempre, improvisado


Quiero tu boca más próxima cuanto más lejana sea la mañana, y mientras tanto, entre notas sin volumen y palabras sin tinta y dibujos sin forma, disparar la alteridad de tus pudores, la suma de tus gritos, la irresistible sorpresa de tu voz en la penumbra. En la súbita caída de mi peso sobre tu figura contorsionada encontrar la soberbia inédita de una pasión que se resiste a su final, despidiendo los minutos y las horas, ignorando que aún en la noche más viva hasta el deseo necesita descansar; y así, sublevarse ante el orden natural, las condiciones de la vida; apostar sin medir riesgos a escapar de la cordura y andar, simplemente, por estas soberanas calles de la soledad de dos.